FLUOXETINA, un nuevo relato de la saga S.A. CLUB.

José no se quitó la chaqueta al sentarse. El maletín impecable de marca permaneció en el suelo, apoyado de lado contra el tobillo de su pantalón gris, sin que hiciera amago de abrirlo en ningún momento. Su profesión real era la abogacía, pero el corte de su traje comercial y la pulcritud de la corbata lo hacían parecer más bien un representante farmacéutico en plena jornada de visitas. Esperó su turno observando las baldosas del suelo, prestando atención a una junta mal sellada donde se acumulaba el polvo del sótano.
Cuando el silencio le indicó que era el momento de hablar, José enderezó la espalda y cruzó las manos sobre las rodillas.
—Hola , mi nombre es José y soy un suicida anónimo —
—Fui a la consulta de la mutua un martes de noviembre —prosiguió. Su tono era llano, carente de la urgencia del reproche—. Hacía meses que el trayecto en metro por las mañanas se había convertido en un problema físico. No era cansancio. Era una presión constante en el centro del esternón, un peso que me impedía llenar los pulmones por completo. Le expliqué al médico que la rutina laboral había dejado de tener sentido. Le dije que me rondaba la idea de dar un paso al vacío cuando se acercase el vagón como una salida lógica a una angustia que no sabía nombrar. Que estaba pensando en acabar con todo porque el día a día era insoportable.
José hizo una pausa breve para precisar el recuerdo.
—El médico no despegó los ojos de la pantalla del ordenador mientras tecleaba el informe. Me escuchó sin interrumpir, imprimió una receta en papel térmico y me la alargó por encima de la mesa. Me dijo que era un cuadro de ansiedad generalizada con ideación autolítica y que la fluoxetina de veinte miligramos corregiría el problema químico. Que volviera en un mes.
Miró la sala, barriendo con la vista el círculo de sillas sin detenerse en nadie en particular.

—Y la realidad es que el fármaco funcionó. A la cuarta semana, la mejoría fue evidente. El peso en el pecho disminuyó hasta desaparecer y la urgencia por buscar una salida drástica se disolvió. Volví a levantarme a la hora de siempre, a responder los requerimientos de la oficina y a cenar viendo los informativos sin sentir que el mundo se desplomaba sobre mí. La fluoxetina cumplió con exactitud el cometido para el que la diseñaron: me devolvió la funcionalidad y me alejó del borde. Pero me quedé preguntándome porque en el blíster había huecos vacíos cerrados sin pastillas…
José bajó la vista hacia su maletín, comprobando con un leve toque del pie que seguía en su sitio. Luego regresó la mirada al centro del círculo. Su voz bajó un tono, perdiendo el matiz técnico.
—Pero eso no es todo lo que quiero exponer hoy aquí. El diagnóstico de la mutua estaba equivocado. Yo no tenía un fallo en los neurotransmisores ni padecía una patología abstracta. El origen del problema era mucho más ordinario. Un mes antes de esa consulta, descubrí que mi mujer me estaba engañando. Lo supe por unos mensajes en la tablet de casa; detalles explícitos que no dejaron margen a la duda. Yo estaba ansioso, devastado y profundamente triste porque la estructura de mi vida se había hundido en una tarde.
Se reajustó el nudo de la corbata con un movimiento mecánico.
—El médico automatizó mi dolor y yo acepté la química porque necesitaba seguir yendo a los juicios. El fármaco resolvió el problema de la productividad, pero no el de la realidad. Al erradicar la angustia que me empujaba al vacío, la molécula también borró cualquier otra respuesta de alerta.
La semana pasada presencié un atropello leve en la esquina de mi calle y mi pulso no se alteró lo más mínimo. Y lo que es peor: sigo viviendo en la misma casa, compartiendo la mesa con una mujer a la que ya no sé si quiero o si odio, porque la fluoxetina ha aplanado el dolor del engaño hasta convertirlo en un dato administrativo más. Sigo siendo eficiente, el tratamiento funciona y ya no planeo mi muerte, pero la neutralidad es tan absoluta que he dejado de sentir el valor de estar vivo. Mañana tengo la cita para revisar la dosis. Eso es todo lo que quería compartir.
Nadie en la sala hizo ningún ademán de consuelo. En S.A. Club la regla era el respeto al espacio ajeno, no la compasión impostada.
Carlos, que presidía la mesa con una carpeta de anillas abierta frente a él, asintió dos veces con la cabeza. No de forma fría o despectiva, sino con el gesto cansado de quien entiende la diferencia entre un desequilibrio químico y un derrumbe biográfico. Dejó el bolígrafo sobre el papel y le miró de frente.
—La fluoxetina compra tiempo, José —dijo Carlos, con una voz baja y gastada—. Te sostiene para que no te hundas mientras todo lo demás se quema. El problema es que el médico te da la pastilla, pero no te saca de la casa donde te engañan. Nadie aquí te va a decir si debes seguir tomándola o no. Esa decisión es tuya.
José escuchó las palabras de Carlos sin inmutarse. No hubo tensión, ni réplicas, ni discursos finales. Simplemente, miró la junta del suelo una última vez, asimilando que el club ya le había brindado todo lo que podía ofrecerle: un espejo limpio de su propia realidad.
A diferencia del colapso ruidoso de Elena, que se marchó entre sollozos incontenibles y portazos que retumbaron en todo el edificio, la salida de José tuvo la contundencia de lo inevitable. No hubo dramatismo. No buscó el efecto visual de una huida.

Se inclinó, cogió el asa de su maletín impecable de marca y se puso en pie con un movimiento fluido. Se abrochó el botón central de la chaqueta del traje por puro hábito profesional, miró a Carlos a los ojos con un respeto mudo y sincero, y luego barrió al resto de los asistentes con un leve asentimiento de cabeza. Un saludo de despedida que no esperaba respuesta.
Caminó hacia la puerta con el mismo paso medido con el que había entrado. No aceleró el ritmo ni miró su reloj Omega. Empujó la hoja de madera, que cedió con un leve chirrido de los goznes, y salió al distribuidor exterior. Se escuchó el sonido amortiguado de sus zapatos subiendo los escalones de piedra hacia la calle Alcalá, y luego la vibración sorda de la puerta principal al encajarse en el marco.
No huía de la reunión; Había decidido volver a ocupar su lugar en el mundo, con el dolor intacto y la corbata bien puesta.


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