La primera reunión
Elena descendió por la escalera de mármol de la iglesia del Barrio de Salamanca. Caminó arrastrando el peso de sus cincuenta y dos años por la piedra limpia, sintiendo que sus pasos eran una indiscreción en medio de aquel silencio monótono. A esa edad se supone que una ya ha aprendido a traducir los golpes de la vida, a encontrarles la palabra exacta en otro idioma para que duelan menos. Pero los traumas de su infancia no tenían traducción posible. Iba a asistir a su primera reunión.

Al terminar de bajar los escalones, antes de cruzar la puerta del aula, se topó con un hombre que apuraba un cigarrillo apagado en el pasillo. Se llamaba Ramón. Llevaba una chaqueta gastada y tenía las manos curtidas de quien pasa la vida agarrado al volante; le contó, con una voz ronca pero muy cálida, que era camionero. Al verla dudar, le sonrió con timidez y le dio la bienvenida al grupo.
—No te asustes, Elena —le dijo, adivinando su pánico—. Esto son solo unas aulas normales de catequesis. Las que usan los fines de semana para los niños. Verás que hay pizarras y lemas propios de la asociación. Las reuniones son sencillas: nos sentamos, nos escuchamos y nos desahogamos sin juzgarnos. Aquí nadie te va a pedir cuentas.— El tono llano y comprensivo de Ramón le tranquilizó el pulso. Le indicó la puerta de madera y entraron juntos.
Dentro del aula, rodeada de paredes de color crema, no había más decoración que un cartel que ponía S.A. CLUB y algunos lemas de la asociación colgados. Al frente, presidiendo la mesa, estaba Carlos. Esperó a que se acomodaran. Elena se sentó en la silla vacía, de plástico, a la derecha de todos. Los miró con una gravedad llena de respeto, entrelazó las manos y pronunció la frase que iniciaba la sesión:—Mi nombre es Carlos y soy un suicida anónimo, hoy voy a moderar esta reunión, recordando que lo que aquí se dice, aquí se queda, si alguien quiere compartir alguna inquietud, que hable ahora.— Al escuchar la solemnidad de sus palabras y ver la rigidez de los demás, un escalofrío le recorrió la nuca. La escena le resultó tan ajena y calculada que, por un instante, Elena dudó si se había metido en una secta peligrosa. La sospecha la tentó a levantarse y huir. Sin embargo, el silencio se adueñó del aula de catequesis y el corazón empezó a golpearle con fuerza las costillas. Si ya había bajado esas escaleras, no tenía sentido recular.
Buscó el apoyo del respaldo de su silla de plástico y se presentó como correspondía.
—Hola, mi nombre es Elena y soy una suicida anónima—
—Hola, Elena —respondieron las voces al unísono, incluida la de Ramón, con una cadencia monótona, pero reconfortante. Carlos asintió despacio, invitándola a continuar.
—Estoy aquí —comenzó Elena, fijando la mirada en un punto de la mesa— porque he pasado toda mi vida traduciendo las palabras de otros para no tener que escuchar las mías propias. Soy hija de un escultor afamado y de una diseñadora. Crecí en un hogar donde la belleza y la frustración se respiraban a partes iguales. Mi padre era un hombre muy callado, alguien que jamás daba muestras de afecto y que parecía comunicarse únicamente a través de su arte. Mi trauma empezó en su estudio. Siendo una niña, pasé años viendo cómo él, en mitad de sus ataques silenciosos de ira y perfeccionismo, destruía con un enorme martillo las obras que no le gustaban. Ver la violencia con la que destruía su propia creación me grabó a fuego una idea terrorífica: que si yo no era perfecta, si cometía un solo error, también sería destruida. Una obra defectuosa que merecía ser rota.— Elena apretó los puños, recordando el punto exacto en el que su vida se quebró:
—Y así fue. A los dieciocho años, mientras estaba sentada estudiando los apuntes de la universidad, mi padre se acercó, por un lado, y con un estallido de desprecio de aquel hombre tan callado y frío. De una patada feroz, tiró mi silla al suelo y me echó de casa con lo puesto. Me lanzó a los lobos. Me encontré sola ahí afuera, aún era una niña, en medio del crujido de la noche, desamparada en una ciudad fría. Hubo días interminables en los que no tuve dinero ni para un sándwich, sintiendo un vacío en el estómago que era idéntico al del abandono. Esa soledad y el frío de la calle me romperían por dentro para siempre.
Aquella carencia absoluta de afecto moldeó mis problemas emocionales. Como el agua horada el cauce del rio. Lenta pero inexorablemente.
Me convertí en una mujer que, buscando replicar el patrón de mi padre, siempre terminaba persiguiendo a hombres de prototipos agresivos e inaccesibles en mis relaciones personales. Buscaba el peligro porque era lo único que sabía descifrar. Dejó escapar un suspiro amargo, entrelazando sus dedos temblorosos.—Aunque logré salir adelante y convertirme en traductora, la marca de esa patada nunca se borró.
—Hace un par de meses, una relación personal dura me despertó todos esos recuerdos, no lo soporté. Los lienzos rotos y el hambre de los dieciocho años volvieron a mi mente. Compré una caja entera de Diazepam. Me tomé cada una de las pastillas, una a una, esperando que el sueño borrara por fin el complejo de no ser suficiente. Pero el intento fue infructuoso. Me encontraron a tiempo y desperté en urgencias. De ahí me trasladaron a un internamiento en un psiquiátrico.

Aquello no era una estancia aséptica. La primera noche la pasé encerrada en una habitación sucia, con restos de vómitos resecos en las paredes; se ve que alguna comedora compulsiva había dormido allí la noche anterior. Despojada de mi ropa y de mi trabajo, rodeada de la miseria más cruda… eso me cambió. Al salir de la clínica, me di cuenta de que el mundo exterior seguía igual, pero yo ya no encajaba en ninguna parte. Por eso vine. El internamiento me mantuvo viva, ahora necesito aprender a no querer morir—.
Al pronunciar la última palabra, la poca entereza que le quedaba se desmoronó por completo. La respiración se le cortó en un sollozo seco y bajó la cabeza, escondiendo el rostro entre las manos. No añadió nada más; simplemente no podía. Se había roto. El silencio regresó al aula de catequesis, pero Ramón, a su lado, hizo un pequeño movimiento con su silla de plástico, una cercanía silenciosa que Elena agradeció sin mirarlo. Carlos esperó unos segundos, respetando su llanto, y luego se inclinó hacia delante. Era un hombre apuesto, de facciones equilibradas, sus ojos verdosos tenían una mirada templada que no traía lástima, sino una calma sólida y protectora. Al romper la quietud, su voz se sintió muy cercana.
—Tranquila, Elena. Respira —le dijo con suavidad, fijando sus ojos verdosos en los de ella cuando logró levantar la mirada—. Ya pasó. Aquí y estás a salvo. Sé que recordar esa habitación y el desamparo de la calle duele como si estuviera ocurriendo ahora mismo, pero ya no estás sola frente a los lobos.— Todos los que estamos sentados en esta sala hoy hemos pasado por cosas iguales o peores que las tuyas. Hizo una pausa, ojeando a Ramón y a otro asistente, que asintieron en silencio, dándole la razón de manera unánime desde sus respectivas sillas de plástico. Carlos volvió a mirarla y con esa voz cargada de una experiencia que solo se adquiere al haber estado en el fondo del mismo pozo.
—La herida tarda en cerrar, Elena, pero se cierra. Muchos de los que formamos el S.A. Club llevamos ya años sin intentar suicidarnos. Venir aquí, sentarse en estas sillas y compartir con tus compañeros, tener el valor de hablar, es el primer paso para conseguirlo.—
Sus palabras funcionaron como un bálsamo extraño. El atractivo sereno de Carlos y la firmeza de su discurso hicieron que el aire del aula pareciera volverse un poco menos pesado, y el temblor de las manos de la mujer empezó a remitir.

Ese día ella regresó, ya era de noche, caminando hacia su casa enfrente del Parque del Retiro mucho más aligerada. El aire nocturno se sentía limpio, y al respirar hondo, notó que la opresión que la había aplastado durante meses comenzaba a ceder. Al cruzar el paso de peatones, solo se oía en la calle el leve sonido del pipí del semáforo, un eco rítmicamente solitario mientras observaba una noche apacible fluyendo a su alrededor.


Deja un comentario