Autolesiones
Un nuevo relato de Suzanne Wolf
Se sentó en la última silla, la que rozaba la humedad de la pared. No se quitó la cazadora de cuero rota en el codo derecho. Su envergadura delataba de inmediato al antiguo peso pesado; hombros masivos y un cuello grueso que forzaban la resistencia de la estructura de plástico. Tenía una cara preciosa, con unas facciones armónicas y unos enormes ojos oscuros que conservaban una fijeza limpia. La nariz, sin embargo, estaba achatada en el puente, aplastada por los guantes tras años encajando castigo en el cuadrilátero. Cuando el silencio le indicó que era el momento de hablar, enderezó la espalda y cruzó las manos sobre las rodillas.
—Hola, mi nombre es Hakan y yo también soy un suicida anónimo —dijo. Su tono era medido, preciso, con una fluidez que elegía cada término con exactitud—. En el ring el dolor es una métrica. Sabes de dónde viene el golpe. Sabes el peso del guante. En Madrid el dolor no tiene campana. Es un ruido plano en la cabeza, las veinticuatro horas.
Se subió la manga izquierda de la cazadora. En el antebrazo llevaba una hilera de cortes paralelos, finos, infligidos con precisión.
—El exilio te quita el nombre y te deja el cuerpo —continuó, pasando la yema del dedo por las cicatrices rosadas—. No soy capaz de gritar mi dolor al mundo. Mi boca está cerrada por la vergüenza y por una estricta reserva. Cuando la presión interna se vuelve insoportable y el grito no puede salir por la garganta, tengo que abrir la piel de mis brazos. Cada corte es una válvula de escape. Un drenaje necesario para que la cabeza no me estalle.
Hizo una pausa. El tubo fluorescente emitió un chasquido sordo. Ninguno de los asistentes se movió.
—Bebo whisky para apagar el motor, la marihuana me ayuda a ralentizarlo. Pero la mutilación y las sustancias son solo la superficie —su voz bajó un octavo, perdiendo la dureza—. Hay un secreto que no sabe el gimnasio. Si lo supieran en mi país, ya estaría muerto en el río.

Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. La cazadora de cuero crujió.
—Mi fuerza es una mentira para el exterior. En la oscuridad, solo busco la sumisión absoluta. El fetichismo por los pies de una mujer. Sentirme inferior, anulado bajo su peso. Esto viene de lejos, de mi infancia en Estambul. Mi madre no me hacía caso; toda su atención, su afecto y sus cuidados eran para mi hermano menor. Yo era invisible en esa casa. La única manera que encontré para llamar su atención, para mendigar un segundo de su mirada, era permanecer siempre allí abajo, quieto, pegado a sus pies mientras ella se ocupaba de él. El desprecio y la sumisión se grabaron en mi cabeza como la única forma de existir para alguien.
Hakan apretó las manos, recordando el origen de su fijación.
—Por eso busco el momento exacto en el que me arrodillo ante una mujer, descalza, y comienzo a chupar sus pies con una devoción casi religiosa. El sabor de la piel, la textura del arco, el sometimiento biológico de estar en lo más bajo. Solo cuando estoy ahí abajo, con la boca pegada a sus dedos y recibiendo su indiferencia o su desprecio consentido, el pánico desaparece. Chupar los pies de una mujer es mi único espacio de paz real. El sitio donde no tengo que ser el hombre fuerte que sobrevivió matando a otros.

Guardó silencio. Se bajó la manga despacio, ocultando de nuevo las marcas rojizas del antebrazo, y volvió a clavar la vista en las baldosas. Su única regulación era el silencio del sótano y la brutal honestidad de haber expuesto el reverso exacto de su fuerza.
Cuando terminó de hablar y se cubrió de nuevo el brazo, la habitación quedó en una inmovilidad absoluta.
Carlos no apartó los ojos del boxeador. Se reajustó el cuello de su camisa blanca impecable y dejó el bolígrafo en la mesa
—Aquí nadie te va a pedir que grites, Hakan —dijo Carlos. Su voz era áspera, modulada por el tabaco—. Yo me pasé años comprando el deseo y la atención en reservados selectos porque era invisible en mi propia cama. Sé lo que es fabricar una fachada de éxito de cara al exterior mientras por dentro buscas que alguien te anule el dolor. Tu sumisión no es una debilidad; es el único momento de la semana en el que te permites delegar la obligación de ser indestructible. S.A. Club sirve para esto: nos ayuda a dejar el escudo en el suelo sin que nadie te juzgue por el tamaño de las abolladuras.
El turco no respondió. Tampoco asintió. Se limitó a hundir los hombros un poco más en la cazadora de cuero, encajando las palabras del moderador con la misma resistencia muda con la que antes recibía los impactos en el ring.
A las derrotas
Suzanne Wolf©


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