Me quedé impactada con el final de la película Frankenstein de Guillermo del Toro, basada en la novela original de Mary Shelley. Dejo el enlace para quien quiera visionarla porque es una obra de arte.
Se disfruta mucho de lo artístico, de los paisajes, vestuario y efectos especiales.
Presenta un esbelto engendro, sin tornillos a los lados del cuello, construido a base de injertos de cadáveres varios, semidesnudo, vulnerable, tan ávido de afecto, calor y aprendizaje que el espectador se olvida de su monstruosidad.

El filme es gótico a rabiar, los ropajes negros y blancos, muchos grises en sus horizontes, edificios y barcos, nieve y lobos. Esto hizo mis delicias, creo que después del “Drácula” de Bram Stoker se ha ganado un merecido segundo lugar en el podio de cintas tenebrosas.
Magistral la escena de la muerte de Elizabeth Lavenza, prometida del hermano del Doctor Frankenstein, el mismo día de su boda, como su nevado vestido de novia se va impregnando de su propia sangre, simula un algodón de feria.
El creador del esperpento es en realidad el propio monstruo, su ego, su ambición y brillantez se frustran en obsesión, negligencia y tragedia. A su paso todo es muerte, amputaciones y abismo.
Atónito su hijo se pregunta ¿Para qué me has creado? No puedo amar a nadie, pues no me has concedido una compañera y tampoco soy capaz de perecer, ya que me has dotado de una fuerza inmortal.

Él quiere sucumbir, dejar atrás las gélidas mañanas de un mundo donde no pidió venir, lleno de violencia, aquí los lobos genuinos son los hombres, como dijo Nietzsche. Anhela dar descanso a sus huesos.
Pero no puede. No le dejan.
“Y así el corazón se romperá y, sin embargo, roto, vivirá”. Lord Byron, reza el último fotograma.
Y así concluí con esta nueva adaptación: llorando conmovida, tras visionar a un monstruo incomprendido y solo, sumergido en un desamparo y un frío inconmensurables.
Sigue su camino pues no tiene destino.
La criatura representa bien la imagen de ese lobo estepario roto por todos, más que del nuevo Prometeo.
Roto sobre todo por su creador, el cual tiene bastante similitud, a mí parecer, con lo que nosotros llamamos Dios.
Ese Todopoderoso hostil, iracundo y vengativo del que otras veces he hablado. Suerte que en su infinita piedad nos hizo mortales.
Voy a terminar este artículo con una frase más esperanzadora: “Podréis romperme la piel a tiras mil veces, una y otra vez yo me la coseré con poemas”. Suzanne Wolf.
A los monstruos.
Todos los derechos reservados Suzanne Wolf©


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