Los cementerios me encantan, siento una paz enorme paseando entre sus mausoleos y no solo eso. Percibo cosas que otros no.
Cosas buenas y muy malas…

Desde la pubertad pensé que la muerte es algo natural, el fin del dolor. Yo veo en ella una liberación de la tumba que es nuestro cuerpo para el alma, estoy muy de acuerdo con Platón en Crátilo.
Es difícil extender este pensamiento sí los enterramientos son infantiles. Lo es aún más creer en Dios cuando se lleva un niño.
En estos lugares donde los familiares acuden con fe, con la creencia de que se han ido al cielo, a un mundo mejor, la mía se tambalea.

No puedo ni quiero imaginar sus cuerpecitos descomponiéndose bajo la tierra, sus tiernos esqueletos que nunca alcanzaron la plenitud del crecimiento.
Continúe mi paseo por el camposanto y de repente noté una energía muy pesada y negativa, sentí sus ojos clavados, reprobatorios en mi nuca.
Le incomodaba mi presencia, guardaba una ira inconmensurable.
Giré y vi un panteón enorme de mármol beige rosado con acabados dorados, era muy hortera,francamente.
Tres nombres de la familia gitana Vargas, dos de mujer y en el centro, el de un hombre joven , reafirmado por su foto. La imagen de un joven calé moreno.
La intensidad de su mirada me paralizó, se murió tan enfadado que a través de su retrato se vertía un odio negro y rojo como la sangre que debieron derramar sus asesinos.
Indagando averigüé que se trató de un ajuste de cuentas y que se llevaron a los 3 a tiros para la otra vida.
Él no quería ese final para su madre y hermana, pedía justicia a gritos desde el sepulcro. No pude permanecer más tiempo allí, el dolor se partía con un cuchillo.
Salí confundida pasando de nuevo por la sección de túmulos pueriles.
Miré las lápidas que ya nadie cuida.

Cavilando que no merece la pena llevarse los enojos a la fosa, ya que se quedarían con nosotros por los siglos de los siglos. Amén.
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