ADHUC TEMPUS II

Planta Alcázar de Segovia a vista de dron

UN AMOR DE ALTURA

El primer día de clase parecía una jovencita con su moto y su mochila amarillo limón, es increíble cómo la ilusión puede dar brillo al aspecto de alguien.

No es que ella lo necesitase, pues bien pasados los 40 aún conservaba un rostro aniñado que no angelical, su corte de cara ovalado estaba enmarcado por el sedoso y brillante manto castaño. Sus finas facciones se iluminaban cuando sonreía con esos hoyuelos traviesos, sus ojos tan oscuros y a la vez tan brillantes como canicas nuevas se asemejaban a los de un águila. Tal era la profundidad de su ojeada que podía matar y atravesar con ella, un arma letal que usaba contra los enemigos que una vez alcanzados por tal fulgurante destello quedaban tocados y hundidos.

Además, dominaba el arte de la mirada para otros fines más placenteros, solía revolotear el ambiente con esos abanicos por pestañas y con un cuerpo escultural y armonioso modelado en el gimnasio.

Tenía la voz profunda sin ser masculina, la pose erguida y el paso rápido y firme.

Se bajó de la moto, una Vespa clásica restaurada y se sacó el caso negro. En la puerta estaba fumando otro alumno que se quedó tan impresionado como el que ve por primera vez la Capilla Sixtina, la admiró de arriba a abajo y de un lado a otro. Ella pasó por delante.

— Buenos días, ¿dónde son las clases? — Preguntó

—Sí, hola, mmm, en la primera planta— contestó azorado.

Desde el pupitre de atrás la contemplaba, como se saborean los tesoros por descubrir, deslumbrado, cuál buceador cuando halla las joyas de un pecio.

Por supuesto que una alumna así jamás se hubiera sentado en otra fila, que no fuese la primera para poder cambiar impresiones con el docente y comentar cuando fuera pertinente. De esta manera observó que era una mujer más que interesante, ávida de conocimientos, encontraba tal fuerza y decisión en su persona que al terminar la clase se puso las gafas oscuras, pero no para protegerse de los rayos solares sino de los que irradiaban su presencia.

Ajena a este torbellino de emociones, paso por su lado y antes de ponerse el casco solo dijo – hasta luego – y se fue sobre dos ruedas, como había llegado, veloz.

Pasaron dos o tres clases antes de que hablaran, surgió en el aula una conversación con el profesor acerca de la aplicación de los drones en la arqueología.

Entusiasmada explicaba como sobrevolando las 3 grandes pirámides de Egipto hizo unas tomas con efectos de espiral y elipse y les dio su Instagram para qué echarán un vistazo a sus obras.

Apenas tardo Adrián una hora en mandar un mensaje a través de la red social.

—Hola, soy tu compañero, qué alto vuelas…—escribió nervioso.

Al rato ella recibió el aviso y riéndose para adentro pensó: —Vaya, vaya, aquí estás—

—Hola, ¿te han gustado mis grabaciones?— Inquirió

—Mucho, eres una artista, en especial las del Alcázar, me encantaría saber hacer algo así—

— Es fácil, soy instructora de vuelo, ¿Quieres que volemos juntos? —Invitó

Como declinar una proposición tan diferente, le habían invitado a muchas cosas con sus 35, a cenar, a bailar, a ir al cine o a la cama, pero a volar…

—Esta chica es diferente— dictaminó.

Con la mayor naturalidad del mundo y las pantorrillas colgando desde el puente de madera sobre el río Eresma, se sentaron juntos y ella le fue explicando cómo se accionaban los controles, las funciones inteligentes y los botones. Enseguida se hizo con ellos.

Le indicó que se pusiera de pie y con las piernas ligeramente abiertas, los hombros relajados para no estar tenso.

— Vamos, los bastoncillos se cogen con los dedos pulgares e índices, como con un leve pellizco para mayor precisión en los movimientos —explicaba.

Él accionó ambos empujándolos abajo y adentro y las palas comenzaron a girar.

— Ahora despega, esa palanca hacia arriba, que no muerde— sonreía jocosa.

Todos los alumnos tenían el mismo miedo en su primer vuelo de perder el aparato o que se les cayera.

A través de la pantalla de la consola él iba contemplando el castillo, sus almenas con sus tejas de pizarra, la bandera roja y gualda ondulante, las ventanas verdes, era tan bonito e irreal, pareciese que en cualquier momento una princesa se iba a asomar por la balconada.

—¿Vamos a ver las imágenes en la televisión para que veas la calidad de imagen?— propuso la maestra.

Y las vieron, vaya si las vieron.

Su casa era tan especial como ella, al abrir la puerta presidía la estancia un magnánimo espejo, era una antigüedad de un hotel clausurado a su lado un escudo heráldico comprado en algún anticuario.

Dos rejas de forja apoyadas en vigas de madera a cuyos laterales se unían unas antorchas realizadas en el mismo metal con unos leds dentro anaranjados que titilaban, haciendo un efecto de fuego, daban el aspecto de una especie de mazmorra de diseño.

Frente a él, la abrazó, la luz fogosa se reflectaba en la rectangular luna, la desnudó muy despacio, el reflejo le devolvió la imagen de su espalda, caderas y piernas, mas sintió que aquel momento había durado menos que un soplido.

Tantos y tan profundos besos se repartieron esa noche que Cupido logró la jubilación anticipada.

Lágrimas rodando por la tersa mejilla presagiaban que la felicidad sería efímera.

—¿Estás bien Tirsa?— Preguntó apartando el mechón de su rostro.

—Pensé que moriría sin volver a hacerlo— contestó sorprendida.

En ese momento olvidó lo sufrido, la soledad anterior, los años vacíos de calor, las carencias afectivas.

Aún quedaba tiempo antes del alba, permanecieron dormidos, abrazados, entrelazando sus pies fríos y con sus corazones ardientes palpitando, envueltos en un polvo brillante llamado ilusión.

Los días siguientes no se vieron, ella tenía que volver a Madrid muy a su pesar para visitar al neurólogo, desde enero venía sufriendo unos fuertes dolores de cabeza y por fin había llegado el momento de arrojar algo de luz a esta dolencia.

—Parece una neuralgia del trigémino, sé que la sensación de calambre es muy molesta e incapacitante, voy a mandarle una resonancia magnética y continúe con la pregabalina— dijo el médico.

Salió de la consulta con tiempo para dar un paseo por el Parque del Retiro antes de ir a comer a casa de sus padres.

De esta gran urbe era lo único que echaba de menos, se había criado allí. Conocía casi todos los rincones de aquellos reales jardines, muchos paseos con sus mascotas, muchas horas de patinaje y bicicleta, fotos, amoríos, árboles milenarios, rosales y hasta pavos reales, componían un mosaico de buenos recuerdos que atesoraba con cariño. Porque los malos se guardan solos en un cajón oscuro con triple llave y no hay manera de echarlos de la memoria.

Subió los 3 pisos andando del inmueble de 1920 en el Barrio de Salamanca. La calle donde se crio tenía ese toque parisino, elegante, con esas tiendas con clase que tanto le gustaba.

—Hola mamá, ¿Cómo estáis?— preguntó desenfadada.

Comió con ellos, con prisa, como siempre, metió en una bolsa los sabrosos tupper que su madre le preparaba siempre con cariño

—Adiós mamá, cuídate— se despidió.

Bajo al parking, a por el descapotable plateado, apesadumbrada, no le gustaba estar lejos de ellos.

Arrancó, accionó el pulsador que abría la capota rígida, sonaba en la radio la canción “Somos levedad” de Manolo García y cantando se fue espantando su mal o al menos intentándolo.

Los 80 km pasaron rápido, la sierra de Guadarrama, el túnel, fue un visto y no visto.

Abrió la puerta de casa y su noble Venecia estaba moviendo su rabito cortado y sus posaderas con júbilo, la cogió en brazos, la olió, la achucho y se le olvidó su mierda de visita a Madrid.

Continuará…

Vídeo selección tomas aéreas del Alcázar de Segovia:


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5 responses to “ADHUC TEMPUS II”

  1. Interesante continuación más volcada a la mera existencia que a la subsistencia del capítulo inicial. Buena habilidad descriptiva que pone a las fotografías como elementos adicionales para comparar el resultado imaginativo con el real. Me sigue gustando. Continúo al III. Abrazo.

    1. Espero que el desenlace sea digno de un gran lector como tú , querido Pey.

  2. Verás verás…

  3. Esta parte diverge pero me tiene enganchada… voy a ver el desenlace.

    1. Ya te habrás percatado que diverge para despistar y dar un golpe inesperado en el desenlace😈🪄

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