Estimados lectores:
Comparto con vosotros la trilogía Adhuc Tempus, se trata de un solo relato presentado a concurso, pero dada su extensión lo he dividido en 3 partes y he añadido fotos realizadas por mí. Como sabéis, las imágenes son una parte muy importante en mi blog y mis escritos. Buscando siempre el dinamismo y la interacción visual con vosotros.
Espero que os guste. Un abrazo.
ADHUC TEMPUS BY SUZANNE WOLF©
TIRSA Y LA LUZ DE CASTILLA

Tirsa llegó jadeando a una gran explanada arenosa en el parque donde solía ir a correr con su perra.Colindaba con el cementerio de la pequeña capital de provincia, casi siempre permanecía cerrado por una verja color azul cobalto con unas sencillas letras blancas que rezaban: “Ora pro Nobis”
Aunque por razones obvias no podían trotar dentro, le daba mucha paz asomar su cráneo entre los barrotes y contemplar las lápidas de variados tipos y tamaños, de niños, de adultos, panteones de familia adineradas, incluso marqueses, todos habían llegado hasta allí.
—De aquí no se salva nadie, polvo eres y al polvo volverás— pensó para sus adentros-pero los muertos no hacen daño, no pueden herirme—

En la vasta extensión de tierra, con la magnánima visión de tan bonita ciudad coronada al fondo por el milenario acueducto que devolvía al atardecer haces rosados de sus piedras graníticas, observó algo fuera de lo común.
Una gigantesca roca atravesada por una flecha de acero se hallaba en el centro, poco a poco vio una, dos, tres y hasta 12 más pequeñas alrededor de esta y cayó en la cuenta:
—Es un reloj solar, un enorme medidor del tiempo donde la sombra de la saeta indica según la posición del sol la hora— concluyó.
En el peñón una inscripción en bajo relieve con restos de algún pigmento rojo decía: “Adhuc Tempus”
Nuestra protagonista tenía algunas nociones de latín y de otras lenguas.
—Aún hay tiempo ¿Para qué? ¿Estoy más cerca de la losa que del astro rey…? Mi cronómetro es una cuenta atrás… aún hay demonios— Masculló entre dientes.

Que poca gracia le hizo el sarcasmo de esta frase, la tiranía del tiempo es lo que aún quedaba. Nada más.
Volvió a casa cabizbaja, ya no corría, la nube negra que tenía sobre sus hombros pesaba demasiado para galopadas.
Procuraba no recordar aquella mañana del 22 de diciembre, cuando luchó por su vida 7 horas en un quirófano, del cual salió con terrible frío y espasmos pidiendo una manta y ver a sus padres.
La enfermera no era ni agradable ni muy considerada con una paciente oncológica que se hallaba aún bajo los efectos de la anestesia.
—Aquí te tranquilizas guapa— amenazó.
—Todo lo tranquila que se puede estar cuando te quitan de cintura para abajo varios órganos y casi la totalidad de tus ganglios, todo lo serena que se puede estar si no has sido antes madre y ya nunca lo serás, estúpida— contestó Tirsa pese al adormilamiento.
Lo peor de las enfermedades no es padecerlas, es ver a un ser querido que las sufre, sus padres a través del cristal de cuidados intensivos la veían con esos espasmos en las piernas, al lado de su cama, otra enferma gritaba pidiendo morfina.
—Hija, a esta señora le han quitado un pecho— dijo su madre, muy gráfica— toma la mantita,venga, en un rato te pasan a la habitación— Sus ojos lloraban, pero para adentro.
Una endoscópica y casi invisible cicatriz cercana al pubis le refrescaba en ocasiones la memoria. Como ahora, durante su ducha:
—¡Estoy aquí, no estás sana! Él puede volver en cualquier momento—
Nuestra protagonista no era una mujer débil, con fina ironía y con un humor ácido, siempre sorteaba estos hados del destino, con ella los dioses nunca habían sido benévolos, nació ya distinta, zurda.
Fue una niña hipersensible, aterrorizada en su colegio por los incesantes avisos de bombas terroristas. Asustada desde temprana edad por la maldad humana que no entendía. Con muy pocos amigos y menos amigas, solitaria, pero no taciturna. A ella le encantaba la luz, la naturaleza, el deporte, nadar, dominaba todos los elementos con desparpajo, desafiante y competitiva, si bien esta competición fue siempre contra sus miedos y fantasmas.
Huyendo de Madrid llegó a la Luz de Castilla, donde todo es inspiración, allí podía desarrollar a placer su trabajo, la fotografía aérea con drones. Realizaba increíbles tomas y vídeos de los grandes monumentos de la localidad y a su vez comenzó un grado en Historia del Arte, su asignatura pendiente.
Ella disfrutaba, aun siendo una mujer madura del ambiente universitario en ese pequeño palacio del siglo XIII, con altos techos vidriados y contraventanas de madera, le daba igual aprobar o no, a estas alturas quería aprender y punto.
A partir de los 40 dejo de pedir a la vida ciertas cosas como la amistad, el amor, la fraternidad… demasiadas decepciones.
Se refugió en el olor de su perra Venecia, bulldog francés blanca y negra llena de canaladuras que partían de su cabeza dividida en dos por una perfecta línea nívea y que le recordaban a los de la ciudad italiana. Ella nunca fallaba, buena, pura y fiel, siempre la despertaba con besos, los humanos le habían dado amores muy perros, pero sus perros le había dado grandes amores.

Ya establecida, encontró sosiego en su nuevo hogar que tenía un patio estilo mozárabe blanco encalado cuya pared posterior se había excavado en un risco típico de la zona y al atardecer prestaba unos reflejos dorados y ocres. Por la noche colocaba en las oquedades velas que le daban un peculiar aspecto fantasmagórico.
Plantas de todo tipo, pues la botánica le apasionaba, tulipanes, geranios, enredaderas, rosales, dos algarrobos y una fuente blanca adosada a un lateral con un arco ojival conseguían de este entorno un paraíso, un refugio.
En la parte superior, una alambrada fina, parapeto para evitar posibles pedruscos, daba ese toque de cárcel que todos llevamos dentro de nosotros mismos sin tan siquiera saberlo. A través de ella yaciendo en su tumbona oteaba el suave deslizar de las nubes y sus formas.
Las personas nómadas no eligen ser así, por algún motivo que se escapa a su albedrío van de un lado a otro, como este era el caso, siendo el escarnio de su familia que la llamaban culo inquieto, loca, rara y todo lo que pillaban a mano desacreditándola. Nunca se pararon a pensar que igual no se encontraba bien en ningún sitio porque tenía un hondo dolor desde niña.
Desconocía hacia dónde iba, pero si adónde no regresaría nunca. En esa ciega huida se encontró de todo; maltratadores, mafiosos, infieles casados y se halló inmersa en un futuro tumultuoso en el ojo de un huracán que no vio venir de lejos. No tuvo la opción de agarrarse a una farola para que no la engullese, un día abrió sus grandes ojos casi negros y estaba dentro en el medio de un tiovivo que gira y gira a tu alrededor, cuyos grotescos caballitos ensartados miras sin alcanzar a comprender donde narices estás y quienes son esos.

Así transcurrieron 20 años como pasa un tren de alta velocidad y un día después de rogar, rezar y pedir a esos dioses malditos que nunca la escuchaban, el ciclón paró, pero ella se vio y ni siquiera se reconocía —¿Quién es esa señora que está en el espejo? Hace dos días era joven—aceptó.
Tuvo que aprender a conocerse, a lidiar con sus temores y ansiedades.
Fue un arduo trabajo, comenzar a quererse después de tantos años agrediéndose y menospreciándose, si bien nunca se dejaba de levantar tras la caída, ello la hizo tan fuerte que se dio miedo a sí misma.
Había llegado el momento de echar raíces.
Vídeo a vista de dron de Segovia:
Continuará
@Suzanne Wolf.
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