EL DESENLACE: AÚN HAY TIEMPO.
La estaba paseando por una vereda que acaba en un prado con ovejas y sonó el timbre de notificaciones del WhatsApp, era Adrián.
—¿Cómo estás? ¿Qué tal te fue en el médico? Preguntó.
—Bien, gracias, ya sabes, la seguridad social, ¿y tú?—
—Yo loco por verte…—
Hubo un silencio
—¿Te apetece comer mañana?—
—Me encantaría— manifestó ella.
—Nos vemos en el templete de la plaza mayor a las 14.30—
—Vale, me da tiempo, vuelvo de volar, me ducho y voy —concluyó rápida.
Dejó cargando el dron más profesional, con Zoom y grabación en 4.5 K, para hacer un operativo en la montaña a la mañana siguiente y se fue a la cama.
Se acostó contenta por la conversación que le endulzo un día aciago, la fue venciendo el sueño mientras recordaba la noche que pasaron juntos y fue grato y tierno el recuerdo.
Repentinamente, a las 6.30, una fuerza enorme como un empujón brutal la despertó, sintió un dolor repentino y severo de cabeza que la asustó tanto como para vestirse pensando en ir a urgencias,
Aturdida y desorientada, metió en el biplaza la maleta estanca forrada de espuma para el transporte del cuadricóptero. Había planeado tomar un café en la gasolinera y seguir ruta hacia las coordenadas donde tenía previsto volar.
Sobra decir que no se pasó por el centro médico restando importancia al malestar.
—En la primavera son normales las jaquecas por los cambios de presiones— supuso.
Pero un estremecimiento le hizo alterar el rumbo del volante y en la rotonda no siguió recto, sino que giro a la izquierda de camino al parque y al cementerio.
Amanecía, era espectacular el panorama con los almendros en plena floración bañados en una luz anaranjada. Al fondo se recortaban la silueta de la catedral majestuosa y algunas iglesias. Tenía que alzarse.

Despegó y el foco insertado en la parte posterior del fuselaje la iluminó con un destello blanco cegador, activo el modo vídeo y comenzó a grabar.
—¿Policía local? Vengan rápido, por favor, hay una mujer boca abajo en el suelo, no, no respira, tiene en la mano una especie de mando— explico asustada la señora que paseaba con su galgo por la zona.
Cuando el coche patrulla aparcó había un corrillo de 6 personas especulando:
—Va uniformada, no es una indigente —resolvió el corredor.
—Apártense, es el control de un dispositivo aéreo lo que sujeta en la mano izquierda— dijo un agente.
—No tiene pulso, ha fallecido, lleva así un buen rato, mira las manchas violáceas— concluyó el otro.
A escasos dos metros, la aeronave, ya sin tripulante, había aterrizado, ya que el sistema inteligente del aparato lo devolvió al punto de origen cuando la batería comenzó a agotarse. Aún emitía parpadeos rojos, en el lateral derecho una ranura portaba una tarjeta de memoria SD.
Cuando el investigador González la insertó en el ordenador para ver qué había grabado, visiono primero una hermosa aurora, los árboles, el acueducto, el camposanto, nada fuera de lo normal. No se apreciaban signos de violencia alguna.
—Mira, mira, compañero, ¿Qué es esto Dios mío?—interpeló dándole un codazo.
El gimbal de la cámara había girado 90 grados hacia el suelo, una mujer con uniforme azul marino hacía una forma con el pie, un gran dibujo en la arena en medio del enorme cuadrante solar. Poco después se desplomó.
—Es un 8, no, es el símbolo de infinito— dijo el más simple.
González se quedó pensando rebobino el vídeo. Respiro profundamente.
—Es un reloj de arena, un reloj vacío— sentenció.

La autopsia reveló un aneurisma cerebral, se grabó muriéndose.
Nuestra protagonista no tuvo un final bonito ni tan siquiera feliz, pero sí uno propio, auténtico y original.
Los medios se hicieron eco de la noticia por lo morboso y peculiar de la situación.
«Cuenta la leyenda que los jóvenes enamorados que se abrazan en los bancos de este lugar al ocaso oyen un el zumbido de unas pequeñas hélices sobre las copas de los cipreses. Dicen que su alma quedó allí atrapada entre la belleza del paisaje y los abrazos interrumpidos de un breve amor»
— Cielo, vámonos, es tarde ya—apresuraba una joven a su novio.
—Espera un poco mi vida, bésame otra vez. Aún hay tiempo—

A Segovia, por su luz, por su acogida.
@Suzanne Wolf . Todos los derechos reservados


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